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DEATH CAB FOR CUTIE  

11/02/02

Buenos chicos, Death Cab for Cutie han acabado por convertirse en una de las sensaciones del indierock USA

Especial DEATH CAB FOR CUTIE
La puerta de atrás (del paraíso indie)

Un buen día de 1997 un joven de Bellingham, en el estado de Washington, decidió grabar algunas de sus canciones en una cassette. Normal. No era la primera vez, en realidad ya lo había hecho bajo el seudónimo de All-Time Quarterback. Buen chico, Ben Gibbard asegura que no fue la saturación de grunge procedente de la vecina Seattle lo que orientó sus pasos en una dirección más melódica, pero sus colegas le desmienten entre guiños de complicidad.

Sea como fuere, You can play these songs chords, que así se llamaba la maqueta, acabó despertando expectación entre el sector más underground del estado, lo que animó a Ben a reclutar una banda estable. Nick Harmer (bajo), Nathan Good (batería, después reemplazado por Michael Shorr) y su amigo Chris Walla (guitarra, teclados) dieron forma junto a Gibbard (voz, guitarra) a Death Cab For Cutie (DCFC), curioso enunciado cuya procedencia no viene como se ha dicho del beatleliano "Magical Mistery Tour" ni de los coqueteos de Amelia Fletcher, sino de la canción del mismo nombre del extraño combo de los sesenta The Bonzo Dog Doo-Dah Band.

Han pasado menos de cinco años y, casi de puntillas, entrando por la puerta de atrás, se han convertido en una de las sensaciones del paraíso indierock estadounidense. Sin declaraciones altisonantes, sin imagen ganadora, sin crear un sonido nuevo. ¿Dónde radica el secreto de su éxito, entonces? En Murciarock intentamos desvelar las claves.

INDIEROCK AMERICANO
Su primera entrega de larga duración es Something about airplanes (99), si bien en España su único disco publicado es el segundo, We have the facts and we're voting yes + 3 (01, un año menos vía importación). El añadido matemático corresponde a su posterior EP Forbidden love. No obstante, en Estados Unidos ya ha visto la luz su flamante The photo album (02), disco que aquí publicará Houston Party después de verano. Bien, en ninguno de los casos la primera escucha revela nada especial. Otro buen grupo de guitarras crujientes, logradas melodías y poso melancólico. Sin embargo acaba quedando un agradable regusto que invita a probarlo de nuevo. Y zas, caíste en la trampa, cuando vengas a darte cuenta será uno de los discos que mejores migas haya hecho con tu estéreo. ¿La culpa? Pues ni del PSOE ni de Yoko Ono, sino de Company calls, Title track, Technicolor girls y por encima de todo de una conocida sensación general muy agradable. Los postulados del primer indierock estadounidense de los noventa (Guided By Voices, Sebadoh, Pavement) llevados a buen puerto melódico. El relevo.

COLLEGE-RADIOS
Si ancha es Castilla, Estados Unidos ni les cuento. Así que en aquella conjunción de estados, el fenómeno de las college-radios adquiere una relevancia notoria y singular. Emisoras universitarias en su mayoría (al menos inicialmente) cuya labor principal consiste en pinchar maquetas y discos independientes de la escena estatal. Su auge durante el final de los años ochenta y primeros noventa, su interconexión y su buen hacer acabó generando todo un circuito autosuficiente para los grupos independientes, cuyos discos se vendían cada vez en un mayor número de tiendas especializadas de todo el país, lo que les permitía realizar giras cada vez más extensas y fructíferas. Su creciente credibilidad se vio fortalecida por el éxito de cachorros suyos como Hüsker Dü y estalló con el misil Nirvana. Bien, pues las college-radios fueron desde el principio las grandes aliadas de Death Cab For Cutie. "Mis canciones les gustaron, tuve suerte", se limita a señalar Ben Gibbard.

EL SEX-APPEAL DE LA HORMIGA
Ya he señalado que Death Cab For Cutie huyen de la grandilocuencia tanto como de los postulados arrogantes. Ni siquiera visten raro y cuando les preguntan por sus influencias, si en su sonido se aprecia la herencia de bandas como The Folk Implossion, Elliot Smith o los primeros The Posies, a diferencia de lo que suele resultar habitual, te sueltan: "Naturalmente. Nosotros crecimos con la música de los noventa y ésos son algunos de nuestros favoritos. Me encantan esos grupos y han sido una influencia para nosotros, por lo que supongo que de algún modo se notará en nuestras canciones". Y antes de que te dé tiempo a cerrar la boca, su desbordante naturalidad termina por desarmarte: "Y Built To Spill, Teenage Fanclub, Afghan Whigs, Juno, American Analog Set...".
Añádanle a esto una voluntad inquebrantable y un continuado romance con la furgoneta. "Nos encanta tocar en directo, conozco pocas cosas que pueden ser tan satisfactorias. Es cierto que nuestros discos casi los componemos en la carretera, entre actuaciones, pero eso está muy bien. En vivo no se pueden incluir ciertos arreglos, pero se gana en fuerza y comunicación. En directo nos gusta rockear". ¿Una muestra más de su encanto? Pregúntenle por España: "Nos encanta, es uno de los lugares más bonitos que hemos conocido. Estuvimos ya en febrero, antes del FIB y nos enamoramos del país".

EL ÉXITO
Las letras de DCFC hablan de sentimientos domésticos, de botellas por apurar, de amores de ida y vuelta... "Sí, pero lo verdaderamente esencial es la música. Puedes escribir la mejor letra del mundo, pero si no está sostenida por una buena melodía nadie le prestará atención". Bien, pese a su creciente relevancia, DCFC sigue grabando para una pequeña compañía independiente, Barsuk. ¿Cómo lidiamos con el incipiente éxito, os agrada, os abruma? "Qué va, pero si no tenemos tanto éxito, en realidad nos gustaría tener mucho más. El problema con las grandes compañías es que no están interesadas en apoyar a grupos que busquen desarrollar una carrera de fondo. Quieren que escribas el gran hit y si no, no les interesas. Es triste, pero es así como está el asunto actualmente en Estados Unidos". Pues si yo le contara como está por aquí, Sr. Gibbard...