Pirotecnia vs Corazón
Hay muchos modos de entender la música y aún más de esgrimirla en directo. El martes pudimos contemplar dos bastante opuestos, en sendos conciertos en escenarios diferentes. En el bellísimo auditorio El Batel, Trilok Gurtu y sus ilustres invitados optaron por la pirotecnia; en la poco dotada acústicamente Plaza del Ayuntamiento, Fatoumata Diawara lo hizo por el corazón. El primero mostró unas aptitudes técnicas al alcance de pocos; la segunda recordó que las canciones pueden (y deben) rebosar vida.Gran ovación de nuevo para Oumou Sangare cuando hizo acto de presencia, estatuilla en el camerino, para con su voz de miel llevarse hacia las minas del Rey Salomón la partitura de 'Agne Yano', sostenida no obstante sobre la asombrosa percusión de la tabla hindú de Gurtu. Jan Garbarek ya había tomado su saxo tenor. Ambos se mantendrían en escena varios temas más: el concierto en su fase álgida, completada con 'Kainy woura' y 'Swallows'.
Poca emoción, no obstante. Su estilo de juego es otro, más cercano al virtuosismo de aquel jazz-rock de los primeros setenta, rítmicamente frenético e instrumentalmente vistoso aunque a menudo acusado no sin razón de artificiosidad. El resto del show sería así, banda a solas o con invitados, especialmente en una recta final con los músicos perdidos en algún punto del Mar Rojo de la improvisación. Un buen concierto para mayores, y no me refiero a la edad. No sé si me explico.
Apenas una hora antes, Fatoumata Diawara había ofrecido un emocionado concierto pleno de vida, pasión y juventud, y tampoco hablo de edad. Tocada con un vestido largo africano, una guitarra Gibson y un turbante con los colores de la bandera de España, su poderosa estampa solo sería la foto de portada de un directo de los que se recuerdan. Sus canciones son suaves, amables, pero su presencia y actitud es volcánica. Solo tiene un álbum publicado, 'Fatou' (2012), pero su futuro apunta hacia el inconfundible norte de la gloria. Sobre todo si es capaz de mantener ese vitalismo y capacidad de transmisión.
Dedicó 'Clandestin' a los africanos que después de una larga diáspora son mal recibidos en sus lugares de destino, mostró su lado más tierno y acústico en 'Kanou', su vertiente más pop en 'Sowa' y añadió ritmo al resto de un repertorio que acabó teñido de color, sonrisas y comunicación. De vida, en definitiva.
Lástima que no pudiera lucir en un escenario más preparado acústicamente, por ejemplo el de la noche anterior con Oumou Sangare -quien la invitó, a quien dedica una de sus composiciones y a quien llamó 'su madre artística'-, en vez de la sosainas de Anni B. Sweet. Gran sabor, en cualquier caso.



