Leprous - DSH (Demoledora Seducción Hipnótica)

Rafa Llorente | 31.10.2013 - 18:07 | Críticas

Leprous en el Garaje Beat Club de MurciaAparecieron impecables, vestidos como galanes dispuestos al flirteo caballeroso. Jóvenes, muy jóvenes y bien parecidos. Cabellos peinados hacia atrás, corbatas y chalecos. Impronta aria. A los quince segundos la música empezó a sonar y sus coqueteos se convirtieron en convulsiones rítmicas. Como en una noche del mejor sexo exquisito, Leprous cortejaron en un principio, para después, una vez roto el hielo, olvidar el protocolo sin reparar en lo alborotado de su cabellera, ni en sus cuerpos empapados en sudor, dejándose llevar por las sensaciones hasta el éxtasis.

'Foe', 'The valley' y 'Chronic', todas de su último disco, abrieron el lote. Con ellas soltaron amarras. Se había iniciado un viaje sin retorno. Ya no había vuelta atrás. Un espectáculo de connotaciones casi tribales estaba teniendo lugar. El sonido aplastante golpeaba los sentidos dispensado por la enorme energía que brotaba del escenario.

Ultracompactos, impecables en las ejecuciones instrumentales, su música se convertía paulatinamente en una espiral sónica con propiedades hipnóticas. Ora staccato, ora teclados envolventes, ora ritmos a contrapunto... y encuadrándolo todo una puesta en escena repleta de vigor y distinción. Detrás, la calavera hecha de brillantes, portada de su última obra, presidía la ceremonia ejemplarizando de forma gráfica la impronta de estos noruegos: oscuros, refinados, enigmáticos. 

El teclista y cantante Einar Solberg comandaba la operaciones. Su carácter esquizoide no fue sino un acicate más para que su camaleónica voz guiara la música a través del aquelarre. Falsetes, alaridos, cantos melodiosos... Solberg llegaba a todo sin perder en ningún momento el sentido dramático de sus interpretaciones, mientras saltaba junto a sus hermanos de armas en coreografías unas veces marciales, otras desenfrenadas y siempre de efecto catárquico.

La música parecía apoderarse de ellos hasta llevarlos al estremecimiento. Sus manos no fallaban una nota, sus cuerpos se sacudían de tal manera que a su lado el mismísimo Johnny Rotten hubiese parecido cándido como una monja clarisa. Así era la fuerza que proyectaban, así el histrionismo que elevó el metal avant garde de Leprous hasta cotas sensoriales a las que sólo se llega a través del arte más visceral.

Puede que anoche fuese abducido por un puñado de veinteañeros venidos del frío. Puede que me hiciesen pensar que asistí a la máxima expresión de una banda en plena eclosión de talento y actitud. O puede que de verdad fuera testigo de algo grande... muy grande.

 

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